1) El contexto global

La crisis financiera global es el inicio de un gran proceso de cambio económico, social, político y tecnológico. Es solo el inicio de una naciente era de metamorfosis de la civilización planetaria, cuyos alcances rebasarán, con mucho, los límites del naciente siglo XXI. Esta transformación es inevitable e impostergable. Ahora hay que construir un nuevo orden mundial que, como las redes que le van dando sustento económico y cultural ―y, por cierto, como el cosmos mismo―, no tenga ni polos, ni centro, ni periferia. Solo interconexiones, sinapsis múltiples y simultáneas, una dinámica de liderazgos locales responsables, para una sociedad global abierta.

La gran revolución tecnológica y económica que se gesta desde hace al menos dos décadas sigue un patrón exponencial. Y todo fenómeno exponencial comienza casi invisible y aparentemente insignificante, para de pronto volverse masivo y arrollador. Antes de que lleguemos a la década de los veinte estaremos inmersos en un proceso de transformación global generalizado y sorprendente. A muchos les toma ya por sorpresa, a otros los está arrollando sin remedio. Pero a quienes van adelante e impulsan esta gran ola los hará inmensamente prósperos. Los innovadores y emprendedores que acierten hoy serán los amos del porvenir. Quienes, tras los líderes de la destrucción creativa, aprendan a surfear esta gran ola podrán también prosperar. Pero quienes se empeñen en defender lo obsoleto, por “grande” que sea, y en volver al pasado se hundirán sin remedio. Ya no hay espacio ni tiempo para los “museos vivientes”. La única constante es el cambio.

2) La tarea de los poderes públicos

De aquí en adelante, la tarea primordial de los poderes públicos es facilitar a los mercados la tarea de generar una nueva economía real y una nueva arquitectura financiera, que permitan el despliegue de las nuevas fuentes de productividad y de crecimiento. De aquí que, como primer elemento de una estrategia exitosa de desarrollo regional, resulte impostergable crear las condiciones y las infraestructuras que permitan a los innovadores y emprendedores competir en terreno parejo con sus contrapartes del resto del mundo.

Esta no es primordialmente una tarea cuyo éxito dependa de la disponibilidad de recursos financieros, sino de crear, en cada región y en cada entidad federativa, un clima de negocios favorable a la innovación, la productividad y el crecimiento. Y esto hay que hacerlo sin demora, sin darse tregua, y con una clara vocación federalista que mejore la distribución territorial de las infraestructuras y los recursos productivos.

3) El mundo posterior a la crisis

Cuando la recuperación global se consolide cabalmente, para lo cual, según estimaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), faltan aún de tres a cinco años, el mundo que emergerá de este proceso será, en varios aspectos centrales y trascendentes, muy diferente al mundo anterior a la crisis. No solo en lo económico sino también en lo político, social y cultural. Una de las implicaciones más visibles de esta transformación para las estrategias de desarrollo regional será la redistribución espacial de las actividades humanas de producción y consumo, siguiendo un patrón caórdico de red, en vez de uno aleatorio o cupularmente impuesto de concentración y dispersión, meramente lineales.

Esta lógica tiene consecuencias múltiples y formidables, algunas de las cuales han comenzado ya a ser visibles y se tornarán cada vez más evidentes conforme transcurran las próximas décadas. Una de ellas es el derrumbe del imperialismo hegemónico y de los nacionalismos belicosos y su reemplazo por instituciones supranacionales y eventualmente planetarias, capaces de afrontar con rapidez y efectividad los grandes retos globales. En el contexto de estas nuevas arquitecturas institucionales, el poder de decisión se expresará mediante liderazgos activamente sensibles a los consensos y a las sensibilidades de un mundo políticamente multipolar y económicamente interconectado e interdependiente.

Tras la gran crisis financiera global, el único modelo sostenible de crecimiento y desarrollo globales, al que deberán adaptarse e integrarse los modelos de desarrollo regional que aspiren a ser eficaces, tendrá que ser uno que redistribuya, primero entre las economías líderes del planeta y luego entre todas las naciones del mundo, las capacidades de consumo, producción e innovación.

Esto no ocurrirá por virtud de acuerdos políticos que puedan atorarse o descarrilarse, sino de manera casi inevitable, en virtud de la naturaleza misma de las tecnologías emergentes, cuya óptima productividad se alcanza en un modelo de red, lo que implica inevitablemente interconexión, es decir, dispersión con interdependencia. Todos competimos simultáneamente con todos en todas partes del mundo, pero eso significa también que todos intercambiamos información, mercancías y recursos con todos en todas partes del mundo. Es decir, de una manera u otra, todos dependemos de todos, simultáneamente y en todas partes del mundo.

4) El reto de un nuevo modelo

En este contexto, cada región tiene que rediseñarse como una entidad económica y geográfica integrada en la economía global interdependiente. Esto conlleva, en primer término, la necesidad de redireccionar sus intercambios de manera multidireccional y descentralizada. Pero en la mayoría de los casos, la infraestructura requerida para desplegar este nuevo modelo productivo no está hoy por hoy disponible. Y no se trata solamente de la infraestructura portuaria y logística, de transportes y telecomunicaciones. El reto más complejo está en el terreno de la infraestructura multiplicadora y descentralizadora de las capacidades de investigación, desarrollo e innovación (I+D+i) y del capital humano que las mueve.

A la larga, el objetivo de un modelo exitoso de desarrollo regional es que la región en que se aplique consiga estar en la liga de las regiones líderes en la producción de innovaciones con impacto global. Pero por ahora, la viabilidad de una región en el largo plazo dependerá de que, sin demora y a la mayor escala posible, todos los agentes relevantes concierten un gran esfuerzo para desplegar las infraestructuras indispensables para atraer, adaptar y potenciar las actividades innovadoras que de manera exponencial van haciendo explosión a escala planetaria.

Las estrategias de desarrollo regional habrán de rediseñarse para un contexto global radicalmente modificado, en lo ideológico y en lo práctico, en lo político, lo económico, social y cultural.

¿Cómo desarrollar, es decir industrializar, de manera globalmente competitiva y localmente viable a las regiones y localidades hoy relativamente en desventaja? ¿Cómo lograrlo en este mundo transformado, en esta nueva era, en que el capitalismo clásico sufre una metamorfosis en la que bienes intangibles como el conocimiento y la imaginación determinan más la generación de valor que la mera disponibilidad de capital físico y financiero?

5) Las tentaciones y las oportunidades

En lo inmediato, la primera gran tentación a vencer, en medio de la catastrófica contracción global del crédito y la inversión extranjera, será la del proteccionismo y el aislacionismo. El nombre del nuevo juego planetario, en frase celebérrima de Joseph A. Schumpeter, es “destrucción creativa”. Pero ahora sí hemos llegado ineludible e irreversiblemente a un punto de inflexión histórica de gran trascendencia, en el que la destrucción tiene que ir en mucho y bien pronto de la mano de la creación. O intereses creados, o viabilidad global.

La respuesta a la crisis global es a la vez la oportunidad para incorporar intensivamente a la economía real de cada región las nuevas fuentes de productividad. El nuevo juego global consiste en que las energías sustentables (o las tecnologías que hagan sustentables las energías tradicionales) interactúen con las tecnologías informáticas, con las redes globales de información, cada vez más predominantemente semánticas e inalámbricas, con los nuevos materiales y la nanotecnología; con la medicina genómica y las técnicas de prolongación de la vida, para detonar, en las regiones que se abran eficazmente a los flujos globales de inversión y conocimiento, un crecimiento sostenido de la productividad y las actividades de alto valor agregado.

6) Juego nuevo, reglas nuevas

Juego nuevo, reglas nuevas. Las naciones, regiones, industrias y empresas prósperas ya no serán las que dispongan de hidrocarburos excedentes o mano de obra “barata”. Serán las más capaces para innovar y competir a escala global. La crisis nos coloca a todos, sin retorno y sin remedio, en plena globalización: todos compiten con todos, por todo, en todas partes.

En este contexto, prosperarán aquellas regiones que establezcan las condiciones idóneas para innovar mejor y sin darse tregua; quienes sepan ser pioneros en transformar el despliegue tecnológico exponencial que se avizora ya en nuevas oportunidades y modelos de negocios; que conviertan la inminente explosión global de conocimientos y habilidades en productividad creciente, crecimiento y bienestar. Pero es improbable que estas regiones innovadoras y de alta productividad consigan emerger y consolidarse en medio de privilegios monopólicos, pesadas cargas burocráticas, regulaciones ininteligibles y políticas públicas discrecionales e impredecibles.

Juego nuevo, reglas nuevas. En vez de encadenamientos productivos lineales y subordinados (por ejemplo: automóviles-autopartes-cerámicas-vidrio-acero-gas natural subsidiado y salarios deprimidos a base de marginalización social, analfabetismo funcional y fanatismo religioso), ahora se requieren economías dinámicas y evolutivas de redes de conocimiento e innovación; habilidades ingenieriles y de negocios interactuando con talento estético y de diseño, con poblaciones crecientemente educadas y cultas, plurales, abiertas y multilingües.

Juego nuevo, reglas nuevas. Prosperarán más y más pronto las regiones, industrias, empresas e individuos que más rápidamente conviertan en negocios globales la convergencia entre la nanotecnología y la medicina genómica, con bioética racional pero sin fanatismos frente a temas como la clonación o la investigación con células madre. Nunca ha habido ni habrá crecimiento sin incrementos en productividad. Pero hasta ahora los incrementos en productividad pudieron ocurrir mediante la introducción gradual y lo menos disruptiva posible de mejoras continuas o innovaciones paulatinas e incruentas. Ya no hay tiempo para eso, de aquí en adelante la destrucción creativa será demoledora e inaplazable.

7) Infraestructura para la sociedad del conocimiento

En la economía del conocimiento que surge como modelo paradigmático, la concentración espacial es sustituida por la interconexión; las economías de escala ceden el lugar a las economías de interrelación, y estas demandan infraestructuras distintas a las industriales.

Esto ofrece ventajas a las regiones cuya infraestructura es todavía insuficientemente densa y cuyo despliegue sobre el territorio está inacabado. En vez de tener que reparar y sustituir una infraestructura obsoleta y deteriorada, pueden avanzar directamente en el despliegue de infraestructuras tecnológicamente avanzadas y que responden a un modelo de organización económica y social construido en torno a la producción y difusión del conocimiento; así como al intercambio electrónico, digital y virtual de información y servicios, a los que la producción e intercambio físico de insumos, máquinas y bienes de consumo quedan subordinados.

Hoy la red es el espacio donde operan los mercados globales. Ahí se hacen y deshacen las fortunas, ahí se pierde y se gana el poder político, el prestigio y el liderazgo moral. Sin el acceso masivo y mayoritario a la red, ninguna estrategia de desarrollo regional puede ser exitosa. Quienes están excluidos de la red están excluidos de la civilización y del bienestar. Son los pobres de la tierra, listos para ser explotados en la migración ilegal y en la maquila. Ninguna región podrá ya fincar su desarrollo en tan atroces exclusiones y privilegios. Conseguir hoy el desarrollo generalizado y sostenido de una región pasa por crear, sin más demora, condiciones prácticas para que todos sus habitantes, sin excepción, puedan acceder y aprovechar cabalmente el formidable instrumento de productividad, enriquecimiento y educación que es la red global.

8) El motor de arranque

Al igual que a una laguna de agua estancada no se le puede dinamizar haciendo olas dentro de ella, sino que es indispensable inyectarle vigorosas corrientes de agua fresca, a una economía regional estancada no se la puede mover hacia el crecimiento acelerado y sostenido, sin un incremento dramático en los flujos de inversión extranjera directa (IED), que incorporen innovaciones capaces de incrementar la productividad y de volver globalmente competitivas a cadenas productivas enteras. Es indispensable incrementar año con año los flujos de IED, y esta debe traer consigo innovaciones directamente vinculadas a los sectores y regiones globalmente más prometedores y en expansión, en cuanto a la demanda global de sus productos y servicios.

Y no me refiero tan solo a innovaciones tecnológicas ―cuya importancia es innegable― sino también a innovaciones en modelos de negocios, modos de organización empresarial y de ingeniería de procesos, modalidades de financiamiento, mercadeo a escala global, entrenamiento y despliegue del capital humano. Es indispensable provocar un “shock schumpeteriano” del lado de la oferta que, al introducir nuevas industrias, o modos innovadores de producción en industrias ya establecidas, permita vincular a regiones e industrias enteras de México con la demanda creciente de nuevos productos y servicios que generan los sectores, regiones y países en expansión en la economía global.

9) La difusión del desarrollo regional

Primero hay que atraer y aprovechar las innovaciones desde dondequiera que se generen. Enseguida, hay que aprender a adoptarlas y adaptarlas con ventaja a las condiciones locales de cada región, en particular a su estructura de precios relativos de factores productivos. Si, por ejemplo, en alguna región la fuerza de trabajo es abundante, los métodos de producción innovadores deberán adaptarse en consecuencia, dotando, desde luego, a esa fuerza laboral de las destrezas idóneas. Esto no hará sino amplificar las ventajas comparativas y competitivas regionales a escala global.

Para llevar a cabo con eficacia estas tareas de absorción y adaptación ventajosa de las innovaciones, las empresas líderes de cada región necesitarán tener disponible una amplia infraestructura de capacidades ingenieriles y tecnológicas, laboratorios industriales, centros de certificación, metrología y estándares, laboratorios de diseño, ergonomía, materiales, etcétera. Quizá algunas grandes empresas podrán desarrollar internamente estas capacidades. Sin embargo, la mayoría de las empresas medianas y pequeñas, que son también con frecuencia las más innovadoras y dinámicas, habrán de apoyarse en las capacidades de los centros públicos de investigación y de las universidades e institutos tecnológicos. Estos, a su vez, necesitarán disponer de una amplia, diversa y creciente base de capacidades en ciencia básica, que les brinde sustento y capacidad prospectiva.

La estrategia no solo se plantea como meta central eliminar definitivamente la desocupación masiva, sino volverse autosustentable, generando un amplio y diverso mercado interno, y creando capacidades de innovación suficientes para posicionar a empresas e industrias locales como líderes globales en su esfera de actividad. Los motores de arranque no bastan por sí solos para lograr que el alto crecimiento sea sostenible e incluyente. Para conseguirlo es indispensable que a los sectores e industrias líderes se vinculen, como proveedores de insumos y de diversos bienes y servicios, un gran número de empresas de la región, hasta integrar amplias cadenas productivas interconectadas, que permitan que el alto crecimiento se generalice y se vuelva incluyente.