Al final de 1902 Euclides da Cunha publicó Os Sertões (Los sertones), un título clave de la literatura brasileña. Al año siguiente, su ingreso a la Academia Brasileña de Letras cerró el círculo de una excepcional consagración inmediata. Como aclaró en la “Nota preliminar” de la obra, Euclides anhelaba tan solo “esbozar, aunque sea pálidamente, ante la mirada de futuros historiadores”1, las vicisitudes de la formación social brasileña. Sin embargo, Euclides logró mucho más: produjo un clásico del pensamiento latinoamericano.
La Guerra de Canudos tuvo lugar durante los años 1896 y 1897. El líder religioso Antônio Vicente Mendes Maciel, más conocido por el apodo de Antônio Conselheiro, atrajo en poco tiempo a aproximadamente 25 mil seguidores fieles, que se fueron a vivir bajo su inspiración a Monte Belo, Bahía, al nordeste de Brasil.
Information! 1 Euclides da Cunha. Os Sertões (Campanha de Canudos). leopoldo Bernucci (org.). São Paulo: Ateliê Editorial, Imprensa oficial, 2001, p. 65. A partir de ahora, solo se indicará la página de la cita.
La ciudadela de Canudos reunía las paradojas típicas de la circunstancia latinoamericana. La sencilla creación de un vigoroso núcleo independiente del Estado brasileño no dejó de ser revolucionaria. Sin embargo, el movimiento del Conselheiro era mesiánico, milenarista y proponía el retorno de la Monarquía. Ambigüedad que, como veremos adelante, contaminó la escritura de Os Sertões.
Veamos dos o tres apropiaciones de la obra –y deliberadamente sin mencionar autores brasileños. Robert B. Cunninghame Graham, escritor y político escocés, escribió A Brazilian Mystic: Being the Life and Miracles of Antonio Conselheiro (1920). Su libro es una mezcla de información general y análisis del conflicto, sin alcanzar una empatía real con el episodio histórico.
Empatía que no falta al extraordinario relato de Sándor Márai (1900-1989), El veredicto de Canudos (1970). El autor húngaro imaginó un soldado que, cincuenta años después de participar en el asalto final a la ciudadela de Canudos, decide narrar lo que vio en las horas finales de la resistencia épica de los fieles seguidores de Antônio Conselheiro: “Voy a contar ahora lo que vi y oí en 1897, el 5 de octubre, entre las cinco horas de la tarde y las nueve horas de la noche”.
En 1981, Mario Vargas Llosa publicó La guerra del fin del mundo. El título aclara la maestría del novelista, al sugerir no solo el tono milenarista del conflicto, sino también las contradicciones típicas del proceso de modernización periférica de nuestra América: fin del mundo, en los dos sentidos. La apertura de la novela es una obra maestra de precisión: “El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego perpetuo”.
¿Cómo entender la recepción contemporánea y el éxito póstumo de un libro tan complejo como Os Sertões?
Veamos la estructura del texto.
Tres secciones componen la obra: “La tierra”, “El hombre”, “La lucha”. En las dos primeras, el autor estudió la “ecología” del conflicto. Al fin y al cabo, ya entonces, con gran capacidad anticipadora, veía al hombre como “un agente geológico notable” (138). La intimidad entre el sertanejo y el sertón, no obstante, es uno de los principales temas de “La lucha”, pues la resistencia de los canudenses solo fue posible gracias al conocimiento estratégico del árido teatro de operaciones, que les permitió desarrollar una auténtica guerra de guerrillas en pleno sertón decimonónico.
En “La tierra”, el lector es invitado a recorrer paso a paso el sertón, a través de la prosa única de Euclides. Antes de su texto, el sertón era terra ignota, puesto que incluso los mejores mapas se limitaban a señalar “la zona riscosa de un río problemático o la idealización de una serranía” (80). El autor transforma el desconocimiento geográfico en amarga fotografía: si la tierra es desconocida, el sertanejo lo es más todavía.
Bajo el disfraz de una apariencia frágil y sumisa, se ocultan un extraordinario vigor y dignidad. Recuérdese la enfática caracterización: “El hombre del sertón es, ante todo, un fuerte. No tiene el raquitismo exhaustivo de los mestizos neurasténicos del litoral” (207). Es decir, los habitantes de las grandes ciudades siempre preocupados con las últimas modas foráneas, pero nada interesados en sus compatriotas del interior. O sea, en alguna medida, los propios lectores de Os Sertões, que, en la comodidad de sus hogares urbanos, súbitamente se descubrían mestizos y, además, “inferiores” a los sertanejos.
En el fondo, las dos primeras secciones del libro esclarecen el potencial absurdo de la última parte: “La lucha”. Ahora bien, si la tierra hubiese sido correctamente mapeada, si el hombre hubiese sido previamente estudiado, tal vez la guerra de Canudos no hubiese ocurrido. El libelo de la “Nota Preliminar” también se refiere al violento menosprecio hacia las poblaciones pobres: “Aquella campaña recuerda un retorno al pasado, y fue en el sentido más integral de la palabra, un crimen. Denunciémoslo” (67).
Aquí tenemos entonces una respuesta a la pregunta acerca de la actualidad de Os Sertões: se mantiene a la orden del día el proyecto de denuncia de la injusticia social y la oportunidad de integración del país, mediante el reconocimiento de sus contradicciones. Quiero, sin embargo, explorar la divergencia entre tres momentos de la reflexión de Euclides da Cunha, un autor en permanente desacuerdo consigo mismo: se trata de la guerra del autor con sus prejuicios.
Information! 2 Euclides da Cunha. “A nossa Vendéia”. olímpio de Souza Andrade (org.). Canudos e inéditos. São Paulo: Edições Melhoramentos, 1967, p. 48. Artículo publicado en O Estado de São Paulo el 14 de marzo de 1897. A partir de ahora, solo se indicará la página de la cita.
En 1897, siendo articulista de O Estado de São Paulo, y antes de haber viajado para el sertón bahiano, Euclides publicó dos textos sobre el conflicto. El sugerente título “Nuestra Vendée”, anticipó la orientación. En el primer artículo, después de esbozar una visión panorámica de la tierra y del hombre (en una miniatura que anunciaba las secciones del libro), Euclides comparó al “tabaréu fanático” con el “chouan fervorosamente creyente”2 –el canudense fue definido como adepto al retorno de la Monarquía–. Después concluyó con la profecía: “La República saldrá triunfante de esta última prueba” (49). En el segundo artículo, aparecido el 17 de julio, el elogio del “Ejército Nacional” se confunde con la fe en el futuro del país. La campaña militar entusiasmó al articulista: “Es una página vibrante de abnegación y heroísmo” (54).
Estos artículos crearon una metáfora peligrosa, justifificativa del aniquilamiento de Canudos; al final, ¡se trataba de la sobrevivencia del propio régimen republicano! No obstante, en el mismo año Euclides se embarcó hacia el teatro de operaciones, y siendo corresponsal de guerra describió las duras circunstancias del combate. En el reportaje del 18 de agosto, la adjetivación de la marcha republicana sufrió una ligera alteración: “Estas y otras historias, cuéntanlas, aquí, los soldados, colaboradores inconscientes de las leyendas que envolverán más tarde esta campaña crudelísima” (77). Ya en Los sertones, la acusación será directa: “un crimen” (67).
Y aunque al principio los sertanejos sean vistos como “salvajes” o “bárbaros”, paulatinamente Euclides reconsidera el juicio –su prejuicio–. En el último reportaje, redactado el 1 de octubre, un nuevo horizonte se abrió. Sin dejar de glorificar la acción del ejército, reconoció: “Seamos justos –hay algo de grande y solemne en ese coraje estoico e irreductible, en el heroísmo soberano y fuerte de nuestros rudos patricios desorientados y estoy cada vez más convencido de que la más bella victoria, la conquista real, consistirá en incorporarlos, mañana, en breve, a nuestra existencia política” (127).
En las últimas páginas de Os sertões, tal inclusión se reveló utópica: “Canudos no se rindió. Ejemplo único en toda la historia, resistió hasta el más completo agotamiento” (778). El exterminio de los canudenses no era el único crimen a ser denunciado; aunque parcialmente correcta, tal lectura apenas rozaría la superficie del texto. El pecado original era el calculado desprecio por el otro: el sertanejo.
Como vimos, el propio autor cometió idéntico delito; por eso su reflexión escenifica el conflicto entre el articulista, el reportero, y el autor. El proceso de escribir Los sertones, así, va a contracorriente de la marcha del ejército positivista, puesto que el exterminio de los canudenses se transformó en permanente materia de la memoria. Ahora bien, si el ejército republicano triunfó, el texto de Os sertões significó la derrota parcial del articulista y del corresponsal de guerra, dado que sus juicios fueron cuestionados por el escritor. Derrota parcial: las tres dimensiones se mantuvieron en tensa convivencia. De ahí la ausencia de puntos de exclamación en todo el libro, así como la diseminación de un sinnúmero de reticencias en el texto: imagen de un conflicto literario sin solución y, por ende, fundamental. Pido ahora al lector que consulte la última frase de cada una de las tres secciones.
Así es: todas terminan con sugerentes reticencias. El mismo libro concluye de igual modo: “Es que todavía no existe un Maudsley para las locuras y los crímenes de las nacionalidades…” (780).
Y, sin embargo, existe un Euclides da Cunha para recordar que los libros esenciales son siempre inconclusos y por ello son clásicos.











