Carlos Pellicer, con sus versos audaces, novedosos, se echó a volar ―Paz― con la grandeza y originalidad de los mayores poetas que en América han sido. Considerado como el más vasto de su generación, también se le debe reconocer como uno de los de más amplios registros en la poesía mexicana, en cuanto a temática se refiere: amor, religiosidad, naturaleza, humor, los héroes. En su monumental obra ―escribió desde los diez hasta los ochenta años― todavía nos asombra a cada nueva lectura, como sucede con los clásicos en el sentido moderno del término, su propensión hacia los poemas largos de amplia respiración, así como sus breves poemas de espaciosos silencios. En su lírica amorosa brillan, aunque suene paradójico, los claroscuros con los que él envolvía o desnudaba a su pareja amante, con una precisión y una sensualidad que rayan en el paroxismo. Sus cantos a la naturaleza, además de construirle “casa a la alegría” ―Zaid―, rememoran el drama de la selva que es el drama de la vida, y Pellicer, con una devoción de fe franciscana, nos dice que el trópico “sostiene en carne viva la belleza de Dios”. América ―con Bolívar, Morelos, Martí, Vasconcelos― reluce en su extraordinario mapa poético, y con su libro Piedra de sacrificios (1924) se le adelanta a Pablo Neruda en su recorrido con Canto general (1950). En la abrasadora desnudez de junio, el poeta sabe que su vida fue justa y clara y que una noche la luna se fue a pique a pesar de sus esfuerzos románticos. Para él el aire está en soprano ligero, el agua se mueve en semitonos, la ciudad es un libro deshojado, y el cielo de los Andes, como poeta, es un agua divina que se ha echado a volar. Las imágenes de Carlos Pellicer, la mayoría de las veces memorables ―sin importar el tema―, aparecen y desaparecen en el ínterin del viaje de la mirada a la memoria del lector para hacerse palmarias y eternizarse.

 

José Gorostiza, antípoda de Pellicer en el terreno de la poesía, solo necesitó de dos libros para consagrarse como autor memorable. ¿Antípoda? Sí. Pellicer es un poeta desenfrenado y Gorostiza es contenido. Aquel es lúbrico, con todos los sentidos al aire, este es un poeta hacia adentro, hacia el corazón de la conciencia donde tienen cabida los ciegos relámpagos del alma. Canciones para cantar en las barcas (1925) y Muerte sin fin (1939) lo catapultaron como uno de los grandes creadores americanos. Muerte sin fin es una obra prodigiosa, trascendental dentro de los más ambiciosos poemas escritos en la lengua castellana; es un largo canto épico porque su construcción formal, con hermosísimos endecasílabos y heptasílabos y octosílabos, es la de un concierto en el que la partitura musical desaparece para dar paso, a través de los versos, a la majestuosa celebración de los sentidos cuando ya se han trastocado los hilos subterráneos del inconsciente, en el nombramiento conceptual y lírico, como dice el poeta, del amor, la vida, la muerte, Dios. Se trata de una reflexión interminable, ya que los pensamientos originales sobre los cuatro conceptos mencionados crecen en el ámbito diurno y nocturno de su poesía, acompañados de las notas musicales fijando su residencia en “la angustia desesperada de la inteligencia que es herencia de nuestro tiempo”. En las formas eminentemente clásicas del poema, Gorostiza concatena con sabiduría, con una casi insospechada delectación personal y una deliciosa avaricia de magistrales sofocamientos líricos, las preocupaciones ancestrales traídas a un espacio moderno encerrado en un enjambre de dolorosos ayes que la música, el deslumbramiento expresivo, convierten en un canto en el que la existencia personal de cada quien ―de cada lector― es alumbrada en su integridad o en los escombros, cuando los hay.

 

José Carlos Becerra, como algunos de los poetas de su generación ―Montes de Oca, Zaid, Pacheco―, irrumpió con fortuna en las letras a través de un primer gran libro que todavía hoy celebramos. Con Relación de los hechos impuso su honda respiración, sus versos largos y majestuosos, su lenguaje nuevo y su imaginación abierta a los temas contemporáneos de mayor relevancia, sin dejar de lado los asuntos que a través de la historia han marcado la temperancia de los hombres y de las mujeres en la vida diaria. Autor con un desbocamiento singular, con abierta sensualidad y sutil erotismo, obsesivo en el uso de algunas palabras clave en la conflagración de sus poemas: manos, pechos, otoño, senos, besos, agua, José Carlos Becerra es la anagnórisis de un karma que privilegia una vida a tan temprana edad. El otoño para él es una manifestación de los sentidos abiertos a la vida en un tiempo y un espacio carnal y metafísico. ¿Quiénes son los que hablan de la muerte, los que la arrastran en su cuerpo como una sombra enemiga, los que entre parpadeo y parpadeo sucumben a los sueños convertidos en pesadillas? Los que aman la vida, como Becerra, y saben que van a trascenderla. En su libro La Venta, la expresión se abre hacia otros vastos e intransitados territorios de la palabra, mientras su poesía se transforma, se transgrede, se cristaliza en las aguas profundas de la conciencia con el verso largo donde tiene cabida cualquier manifestación singular, como la voz humana de José Carlos Becerra. En el silencio de los espacios carcomidos de los que se apropia el destino resonará la voz de José Carlos que, nacido en el abrasador imperio de la primavera tabasqueña, escribió su propio epitafio sin saberlo en el maduro y triste y sonoroso estigma del otoño: “Espero una carta todavía no escrita / donde el olvido me nombre su heredero”. El 27 de mayo de 1970 entró por la puerta de lo eterno cuando el olvido es la memoria fiel del tiempo.

Para terminar, una frase certera de Pellicer: “El meridiano de la poesía pasa por Tabasco”.