Anadie le está permitido, por más que quisiera, olvidar aquella sensación de desamparo que dejó tras de sí el terremoto del 85; como tampoco el movimiento de solidaridad que, ante la desolación y la muerte, comenzó a brotar de las entrañas de cada uno hasta derramarse como la espuma sobre las heridas de la Ciudad y sus habitantes: una riada de ungüento que suavizó, efectivamente, el dolor. ¡Qué duda cabe de que las penas solidarias son menos penas! ¡Y qué distinta la actitud de entonces del individualismo de hoy!

Muy pronto, aquella corriente que parecía imparable se vio tristemente profanada por un Gobierno que, ante la poderosa idea solidaria, levantó un muro de contención para desviar su cauce natural y regar con ella sus turbios intereses. Y el incipiente movimiento ciudadano quedó enterrado bajo el manto insondable de la burocracia.

La solidaridad es una cualidad que une a las personas y las dispone a colaborar en una causa común, en una comunidad de intereses, prestas a socorrer a quien lo necesite. La persona solidaria encuentra así la manera de vencer el individualismo, el aislamiento, la despreocupación por sus semejantes.

El diccionario panhispánico define solidaridad como “adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Derivada de solidario, y este de sólido, el mismo diccionario define solidario como “adherido o asociado a la causa, empresa u opinión de alguien”; y sólido como “firme, macizo, denso y fuerte”; o también, “asentado, establecido con razones fundamentales y verdaderas”. Y solidarizar como “hacer a alguien o algo solidario con otra persona o cosa”. Tendríamos que meter estas cuatro definiciones en un cubilete, agitarlas como los dados y aguardar el resultado… De todas formas, podemos anticipar que, en este caso, el diccionario se queda corto; no llega a profundizar en lo que significa ser solidario: no le atribuye el potencial que contiene. Quizá la definición de la enciclopedia sea menos impersonal, algo más concreta y cálida: solidaridad es una “actitud de participación y apoyo hacia los demás”.

Pues bien. Sea adhesión a una causa o proyecto, sentimiento de unidad basado en intereses comunes o lazos sociales que unen a los miembros de una sociedad, la solidaridad tiene que ver con la colaboración. Relación entre personas que tienen un interés común y las hace respetarse y ayudarse mutuamente; tal es la solidaridad humana: manifestación de apoyo y respeto a una persona, causa, idea… Surge así el ciudadano solidario, la responsabilidad solidaria, para compartir actos, intereses, opiniones, sentimientos; adherirse a algo, comprometerse con alguien. Tal es la condición o actuación solidaria. Recordemos el sindicato polaco independiente “Solidaridad” y su papel en la evolución política y social de Polonia en los años ochenta y noventa. La solidaridad es, en conclusión, una cualidad esencial de la vida, y una actitud.

Si a solidaridad le añadimos el adjetivo humana, en seguida surgen otras clases, como “solidaridad animal” o “solidaridad natural”. Pensemos en los elefantes, seres de una inteligencia asombrosa, y cómo conmueve ver con qué delicadeza esa inmensa mole se ocupa de los elefantes más pequeños acariciándolos con la trompa o con el roce de una pata. Pensemos en los peces que limpian a los tiburones de parásitos dañinos; o en las aves que auxilian al rinoceronte. Otro tanto ocurre entre los vegetales.

La solidaridad es, pues, un valor establecido en la naturaleza, una ley natural en virtud de la cual se mantiene en el planeta un equilibrio que el hombre, como excepción de todo, siempre está en condiciones de romper. ¿Qué es, si no, la infinita pobreza que padecen cientos de millones de personas frente a la aberrante riqueza de unos pocos? ¿Cómo calificar una realidad que cada día sentencia a muerte a cientos de miles de personas? ¿Acaso hay otra enfermedad que produzca más muertos que la miseria? ¿No es la pobreza la plaga del siglo XXI? ¿La transgresión inhumana de esa solidaridad que existe en todos los estamentos de la vida?

¿Quiénes son esos pocos cuya profesión es hacerse cada día más asquerosamente ricos privando de la vida, arrancándoles el corazón a millones de semejantes? ¿Quién les ha inyectado en las venas ese destino de tener que enriquecerse insaciablemente cada minuto que respiran?

A las puertas de las elecciones, ante las diversas formas de votar, ¿por qué no hacer valer el voto solidario con esos pobres destinados a morir cada día para que los ricos sean más ricos?